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{Meredith Vanderhoff} El abismo también te mira a ti

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{Meredith Vanderhoff} El abismo también te mira a ti

Mensaje por Stephen Lawrence el Sáb Mayo 31, 2014 8:09 pm

Fue en ese momento cuando se rompieron absolutamente todos los puentes que unían mi corazón a la cordura de mi inagotable cerebro.

Fue en ese momento cuando quise huir de los fantasmas que la perseguían, que me perseguían, que nos perseguían y lo harían hasta el fin de la existencia.

Fue en ese momento cuando dejé de vivir, cuando comencé a ver mi insignificante vida como si se tratase de una mala película de la cual no era el director, de la cual nadie era el director.

Fue en ese momento cuando todo se detuvo abruptamente, dejándome frágil, débil y abandonado frente a cada uno de mis fantasmas.

Fue en ese momento cuando mi corazón dejó de latir para dar paso al doloroso y vacío silencio.

Fue en ese momento cuando finalmente todo se detuvo.

Fue en ese momento cuando la perdí.

Fue en ese momento cuando ambos nos encontrábamos al borde del abismo, en un acantilado.

Me encuentro ahora sentado en el tronco de un árbol, luego de haber recorrido por casi tres días, un lugar que debería traerme demasiados malos recuerdos.

El móvil continúa sonando dolorosamente, sin darle tregua a mis oídos. Una parte de mí, está segura de que en este mismo instante, estoy en todas las pantallas del país; llenas de interferencia y desprecio.

Puedo admitir con total naturalidad que he perdido algunos kilogramos, y que la falta de alimento provoca las inacabables alucinaciones.

No puedo detenerme, y no lo haré hasta que la encuentre, hasta que nos encuentre. Sé –o al menos quiero saber- que en algún lugar dentro del bosque, se encuentra impasible la mansión abandonada que tantas veces me vio sangrar, llorar y sufrir. Se encuentra también, el sótano que ha dejado mi corazón aprisionado en sus paredes, que ha marcado la silueta de mí desgastado cuerpo en cada una de las tablas de madera que conforma el piso.

No podré descansar hasta que me encuentre sentado en los escalones de la entrada, hasta escuchar su voz pronunciando mi nombre cargado de rabia, de enojo y decepción, hasta que sea ella misma quien acabe con lo que empezó alguien que jamás será capaz de terminar.

Me levanto con más esfuerzo del que creí necesario, y debo apoyarme contra la vieja corteza de los árboles para no caer. La botella de agua –casi vacía- aun yace entre los huesos de mis dedos, como si se hubiera adherido a ellos. La llevo hasta mis labios resecos, y me quema el líquido cuando baja por mi garganta, como si se tratase del amargo elixir de la muerte, como si fuese una señal de que todo estaba a punto de acabar, como si el inevitable final no tardase en llegar, como si…

De pronto, algo coloca mis sentidos alerta, y ese algo es el viento que mueve las hojas a su compás. Ese algo es la muerte, y de eso estoy seguro. Ese algo es su silueta en el gastado umbral de la vieja puerta. Ese algo son sus suaves labios sobre los míos, anunciando el adiós que nunca quise dar. Ese algo es lo que me hace voltear y antes de poder detenerme, comienzo a cantar:

- Una casa para dos, una vida más feliz… cuando dije que te amaba, nunca más supe de ti.
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Stephen Lawrence
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Re: {Meredith Vanderhoff} El abismo también te mira a ti

Mensaje por Meredith Vanderhoff el Lun Jun 02, 2014 7:29 am

Otra noche más de amargo sueño que no llega a ser grato aparece frente a mis ojos, mostrándome una pantalla en blanco, vacía, sin vida, que no hace más que reflejar lo que ahora son mis pesadillas. ¿Pero acaso a eso pueden llamárseles pesadillas siquiera? Preferiría mil y un veces vislumbrar las caóticas y dolorosas imágenes de sueños turbios que sean la imagen que espeja mi alma, pero no… Ya no sueño, ya no hay nada.

Cada noche es como cerrar los ojos para morir –incluso hay veces que creo que no habrá un despertar-, y sólo me encuentro con el doloroso silencio de la nada en el estado más puro que pueda llegar  a encontrarse. La dolorosa e imperceptible nada que a pesar de todo se ha vuelto un peso sobre mis hombros y que se ha llevado consigo la poca vida que me quedaba. Él se ha llevado lo poco que quedaba…

Las sombras son la única compañía que tengo desde ese penoso e insoportable día que aún invade mi mente como un recuerdo sangrante, matándome en el momento que menos lo espero, como si un puñal atravesara mi ya marchito corazón que ha caducado como la leve esperanza que había surgido tiempo atrás; la esperanza de algo mejor…

Aún me aferro a los recuerdos para decirme a mí misma que ese tiempo en verdad existió en un período tal vez atemporal, lejano, y quizás incomprensible, pero en verdad fue real. Necesito creer que lo fue, necesito creer que él no fue un invento de mi desquiciada mente ante la soledad y agonía de mi maldición llamada vida. Creo que el mero atisbo de aquello hace que no me autodestruya más de lo que ya lo hago diariamente.

Aquí, en medio del bosque, lo más alejada de todo y de todos, parece como si al fin hubiese caído en el abismo del olvido, y que de una vez por todas estuviese aguardando a que el fin de mis días se consuma y liberar mi alma del frío hostil de respirar, de pensar, de vivir, si es que a esto puede decírsele vida.

Los recuerdos se arremolinan en cada habitación de lo que debería ser un hogar. >>Una casa para dos…<< susurra mi mente e intento no resquebrajarme en pedazos como cada atardecer, y es que su estructura es casi idéntica a mi residencia anterior… >>A nuestra residencia anterior…<< vuelve a puntualizar mi acallado corazón que llora disimuladamente conmigo, como mi fiel compañero de luto. Siempre creí que así era… Y ahora soy consciente en verdad de la falta que me hace su presencia que alejaba mis fantasmas, que enmudecía el silencio, que calmaba cada trozo de mi ser desgarrado.

La puerta se cierra a mis espaldas, dejando lo que queda de mí detrás de ella –si es que en verdad algo queda-, y mis pies deambulan sin más motivo que por el simple acto reflejo de hacerlo, mientras el sonido de las pocas hojas que quedan del invierno pasado resuenan bajo mis zapatos y el viento se encarga de enredar y desenredar mis cabellos a su antojo.

A veces me pregunto cómo es que he venido a parar a “La Ciudad Luz”, puesto que no hay nada que deteste más que el brillo, la claridad, y todo lo que se asemeje a ella. Pero me encuentro a mí misma respondiéndome que morir en una tierra con tantas marcas de sangre y dolor, sería una manera factible, donde los cadáveres de la historia yacen debajo de nosotros, dolidos, hechos no más que polvo, esperando a cubrir mi propia muerte

Un ruido lejano me vuelve de nuevo al tan amargo y desdichado presente, como si fuese el de la hierba siendo pisoteada por un par de zapatos de caminar pesaroso y desabrido, que por alguna extraña razón llegan a resultarme familiar y la curiosidad gana sobre la razón, dirigiéndome hacia ellos con una marcha aún más rápida.

Los árboles llegan a asemejarse con una película de hojas esmeraldas que se proyecta a mi alrededor, pero nada de eso me importa significativamente, sólo el hecho de que parece ser un trayecto abominablemente interminable, casi eterno y tortuoso. Pero final de un camino de árboles una figura se proyecta delante de mí, como la luz al final del túnel.

Siento como se me anuda la garganta al detenerme a un par de metros de él, y puedo ser consciente del palpitar de mi corazón comenzando a acelerarse latido a latido. Me quedo sin aliento al ver su cabello azabache, su cuerpo más delgado de lo que mis recuerdos atesoraban, si nítida piel casi tan clara como la mía… Y sus ojos cristalinos llenan los míos al voltearse, haciendo que me pierda en ellos como si no hubiese nada mejor.

_ La muerte es aún más dulce de lo que esperaba… -Susurro cuando por fin recupero el habla, y me pregunto de qué manera ha muerto él, pues no encuentro otra explicación. –Ni siquiera la he visto llegar…
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Meredith Vanderhoff
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